jueves, 9 de diciembre de 2010

Lucas, en ningún lado



Lucas vivía entre dos mundos. Tal vez fueran dos lados, el lado de acá y el lado de allá. Quién sabe. Pero sabía que aquello no era seguir un mismo sistema de decisiones, no era crear recuerdos de una misma historia. Había dos, y él se encontraba en el medio.

Las decisiones normalmente se toman en estas claves: quedarse o ir, despertar o dormir, pasear o sentarse, comer o ayunar. Son de alguna manera o un lado u otro. Nada de tibiezas. Pero el asunto trataba en que Lucas decidía sin quedarse de ninguno de los dos lados. En tal caso, Lucas decidía ir para quedarse, o despertarse con el sueño pegado a las pestañas, o sentarse para dar un paseo por los detalles de un rostro, de unas palabras, o de una sonrisa, hartarse de comer sin probar bocado.

Al final ni París ni Buenos Aires, Lucas se quedó en un lugar entre los dos mundo. Un lugar en el que se pisa sobre la resignación del irse, y se respira el aroma del quedarse.

martes, 26 de octubre de 2010

Lucas, sus sonrisas




Los días son muy largos. Esto lo sabía bien Lucas, quien experimentaba a lo largo de la jornada todo un seguido de vacilaciones sentimentales y emocionales que le fascinaba. Pero sin duda alguna lo que más le divertía era descubrirse con una sonrisa en la boca sin saber muy bien por qué. O tal vez sí.

Recuerda con especial alegría un perro. A Lucas no le gusta comer en una mesa. Siempre que puede, se va al antiguo cauce del rio, se echa en el césped, y saca su bocata. Lucas entonces ve la cantidad de bicicletas que tiene esa ciudad, y le pone contento. Sonríe. Ve el sol fantástico de otoño que tiene esa ciudad a las 3 de la tarde, ve los árboles perfectamente dibujados un poco zarandeados por el viento que huele a mar. Sonríe. Ve el dibujo de los caminos por el césped, e imagina constelaciones con esas formas. Sonríe. Pero sobre todo ve un perro blanco precioso que se le acerca por detrás juguetón. Se le para delante con un limón en la boca (un limón, este perro es un figura…debe de estar salivando que no veas, y así lo hace). Le mira, hace un amago de huida, se vuelve a girar, lo vuelve a mirar, deja el limón a tierra, y va a buscar una mano de Lucas apoyada en tierra para lamerla y buscar una caricia. Evidentemente Lucas se la da. No se atreve a coger el limón, muy babeado ya por aquel entonces, así que se gira al perro, y le dice…¡Lo siento baboso!...y el perro hace una carantoña, mueve el rabo muy animadamente, coge el limón, y se va. Sonríe mucho.

A los pocos minutos, Lucas anda dejando su bici. Le gustaría dejarla libre en su ausencia, que pasease sin su carga y su mochila (siempre parece que se ha ido de casa). Pero andan muchos espabilados con ganas de pedalear y no está bien pedalear bicicleta ajena, y menos si no se tiene permiso, ni tacto. Así que Lucas ata su bici, pero la ata al lado de una bici. Su bici mueve el rabo, así que extrañado mira la bici del lado: parece que se conocen. Al momento cae en la cuenta, y sin más, saca un bolígrafo morado y un trozo de papel de libreta rasgado (cual policía recetando), y escribe algunas y tontas palabras. Las deja en la bicicleta, y se va. Cuando vuelve, la magia de las palabras ha hecho que la tinta morada sea negra, las tontas palabras sean geniales, y la cesta de la bicicleta sea el manillar. Lee las palabras. Sonríe.

A Lucas se le termina el día, sabe que los sentimientos y las emociones vacilan. No todo es sonreír. Pero escucha a dos genios hablas de un tal Blanco White. Sonríe. Escucha un par de canciones. Sonríe. Piensa en el viernes. Sonríe. Mira su habitación. Sonríe. Debate sobre la buena y la mala literatura. Sonríe. Y piensa que si sabe lo que es la felicidad, esa noche lo son. Sonríe y se duerme sin ni siquiera dejar de sonreír.

lunes, 18 de octubre de 2010

Lucas, su desorden


Primero, tu nombre, Glenda.

Primero, tu nombre. Segundo, mi nombre, Lucas.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Subirlas tan cerca en el tiempo y en el espacio para poder encontrarnos en esa puerta que nos llevo a la escalera. Instrucciones para cerrar la puerta, o tal vez para abrirla y encontrarte detrás de ella. Instrucciones para subir unas escaleras, y encontrarnos arriba. O tal vez subirlas juntos. Instrucciones para tantas cosas que nunca supimos como hacer, pero que al final hacíamos, sin darnos cuenta y sin sospechar lo que estábamos haciendo. Dejando cartas abiertas y sin señas en una caja de madera de caoba a la espera del loco y la loca que las tenían que leer. Ese poso de sonrisas y sueños, y palabras que algún día, al llegar arriba, sin confundir el pie con el pie, descubriríamos y entenderíamos.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Cuarto, una promesa. La de no tener miedo a las sombras. Ni yo supe muy bien que quería decir, pero lo dije y creo que sin saber todavía muy bien lo que significaba, se revela tan transparente y luminosa que me es imposible pensarla sin creerla la única promesa cumplida que nunca te hecho. Las promesas están para no hacerlas, simplemente cumplirlas. Pero fue una excepción por el miedo a la primera distancia entre dos sonrisas. Una inconsciencia demasiado reflexiva. Una inocencia tan meditada. Un deseo tan escondido, como el secreto amor.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Cuarto, una promesa. Quinto, un beso y una mirada. Un té en una mezquita después de sentir el frío de estar tan cerca sin poder. Miento, sin pensar que se puede. Miento, sin querer pensar ni tan si quiera si se puede. Miento, con miedo a pensar y no saber si se puede pero con ganas locas de hacerlo. Si en una noche de invierno un viajero viaja hasta Place de Clichy, si ese viajero mirara tu mirada con tantas preguntas rechazadas, con tantos deseos irrenunciables pero comprometidos, y le diera un beso. Si ese viajero le diese un beso a tu mirada. El pie no sería el pie y hubiésemos subido. La promesa se hubiese cumplido. Y las preguntas y los deseos, ni contestadas ni rechazados. Si una noche de invierno un viajero…le diese un beso a la felicidad.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Cuarto, una promesa. Quinto, un beso y una mirada. Sexto, dos cisnes en medio del frío que los envolvía mientras se escondían entre sus plumas. Teníamos tantas cosas delante, y en cambio las rechazábamos todas. Una vista privilegiada, mirarnos entre nosotros, de muy cerca, jugando al cíclope. Jugando a ser elegantes. Jugando a estar locos, a no sentir un frío que nos robaba el calor. Jugando a calentarnos por las salidas de ventilación del metro. A mirar con despistada inocencia los juegos de reflejos de un Sena despreciado. Dos cisnes en medio del frio que se tapaban con sus propias plumas, y se descubrían en ese escondite.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Cuarto, una promesa. Quinto, un beso y una mirada. Sexto, dos cisnes en medio del frío. Séptimo, mi mundo. Todo eso que me esperaba pero no sabía, no podía saber. Notas de colores que me leían en voz alta, casi me gritaban al oído, pedazos de cerámicas que resultaban una caricatura literaria de tú y yo. Esa habitación, tu cuerpo elegante despojado de la elegancia que derramada por todo mi mundo hacía de contrapunto a las paredes, nuestra caricatura, y dejaba un cuerpo desnudo, divertido, curioso y fascinante, desnudado de cualquier tentación de cordialidad, y listo para la locura.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Cuarto, una promesa. Quinto, un beso y una mirada. Sexto, dos cisnes en medio del frío. Séptimo, mi mundo. Octavo, el revolcón a toda sensación de lógica. Mi mundo se derramo desde la ventana de esa habitación por toda una ciudad, y ya no importaba la hora, el día, el parque, la calle, la clase, la comida, el sueño, el tiempo, la lluvia, la parada de metro, el frío, las visitas, los volcanes, los viajes, los croissants, los tés,o las promesas, todo era locura y vida. Fueron unos días que siempre parecerán muchos más. Podría recordar cada segundo que viví así. Cada bocado de los crêpes del “amo”, cada pedaleada que dimos en dirección prohibida, cada tarta que comíamos con los ojos, cada libro que nos regalamos para no leer. Sería imposible desmenuzar todo lo que guardo de eso. Llegar a sentir o a comprender todo lo que viví, tener una visión de una maraña tan bien entrelazada que no hay ni una palabra que no lleve a todo lo anteriormente sucedido y a todo lo posteriormente acaecido entre este cuerpo y esta vida nuestra.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Cuarto, una promesa. Quinto, un beso y una mirada. Sexto, dos cisnes en medio del frío. Séptimo, mi mundo. Octavo, el revolcón a toda sensación de lógica. Noveno, ni el tiempo ni el aire se atreven a desunir palabras. Desdudarse, hacer sentir a los colchones el peso de los sueños, el amor a París, y más si no me miras mientras duermes. Los días de la semana, dile a tu madre, a fuego lento. Ni una palabra, ni un pelo erizado, ni una sonrisa, ni una lágrima, ni un suspiro, han dejado de tener su razón de ser. No se han atrevido, ni tampoco han querido.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Cuarto, una promesa. Quinto, un beso y una mirada. Sexto, dos cisnes en medio del frío. Séptimo, mi mundo. Octavo, el revolcón a toda sensación de lógica. Noveno, ni el tiempo ni el aire. Décimo, volver, siempre volver a empezar. Una rueda que no ve cuando empieza ni cuando acaba, una historia que no hace más que empezar, como ese beso que parece siempre el primero. Como esa mirada incrédula al amanecer cuando te miro. Como esa mano que no termina de creerse lo que toca, y aprieta, y tu cuerpo la calma porque al apretar un beso nace de tus labios, un primer beso, y vuelta a empezar.

Primero, tu nombre. Segundo, el mío. Tercero, subir unas escaleras. Cuarto, una promesa. Quinto, un beso y una mirada. Sexto, dos cisnes en medio del frío. Séptimo, mi mundo. Octavo, el revolcón a toda sensación de lógica. Noveno, ni el tiempo ni el aire. Décimo, volver, siempre volver.

Y entre tanto volvimos.

Y vuelves aquí.

Y volveré allí.

Y en el fondo solo se ve un calendario plagado de rememoraciones e ilusiones.

viernes, 8 de octubre de 2010

Lucas, y qué más da...




Nunca he sabido muy bien cómo lo hacíamos. Por qué disfrutábamos así. Pero la verdad es que tampoco he buscado nunca comprender, simplemente siento la terrible saudade de eso que los que no te conocen dirán locura.

¿Sabes? A veces pienso en si alguien sería capaz de resistir tantas preguntas sin respuesta, tanta intriga y misterio que se ocultan debajo de ese vestido largo que nos duraba tan corto tiempo, y debajo del cual no encontraba más que más preguntas sin respuesta y la sensación de que efectivamente ahí se había escondido el anterior misterio fugado a medida que mis manos rozaban tu piel e iban arrugando el vestido con un pliegue redondo y sedoso, de abajo arriba, entre el pulgar y el índice, hasta topar con las correas de tu ropa interior.

Creo que todas la preguntas quedan resuelta en ese punto: liberar tu cuerpo de ataduras liberaba el mío de misterios, mientras te desnudaba, yo me desdudaba. O al menos mis dudas desaparecían con tus vergüenzas, y las ganas de preguntar se convertían en ganas de no saber, de ignorar las razones por las que yacíamos desnudos, disfrutando de nuestra locura, y sin saber muy bien cómo lo hacíamos.

El nuestro es el único juego en el que en el que no hay vencedor ni vencido, solo jugadores empedernidos, divertidos y exhaustos.

martes, 28 de septiembre de 2010

Lucas, sus aprendizajes





En un lugar no muy lejano y en un tiempo no muy remoto, había un aprendiz de poeta que vivía apasionado por los versos y las palabras. Todavía no dominaba la pintura de los caracteres y la música de las letras, pero había descubierto algunos autores que no paraba de leer y que no paraban de revolver su consciencia y sensibilidad.

Soñaba con llegar a escribir algún día unas frases, unos versos capaces de esconder en un lugar tan fugaz una sonrisa cómplice de felicidad, una lágrima de sutilidad sobrecogedora, una mirada perdida al infinito como un “ayúdame a mirar” o un “desdúdame, desnúdame”.

Muchas veces lo intentó pero siempre abandonaba el papel descorazonado y volvía a sus autores para encontrar consuelo en un “es más fácil ver que contar lo que se ha visto”. Entonces volvía a sentir eso que debía ser como si cada célula abriese los ojos y viese la boca joven y roja que le acababa de besar y despertar. Eso que tantas veces había querido cifrar, y parecía imposible.

Un día no muy remoto, de un lugar no muy lejano, el aprendiz buscaba más que nunca encontrar esas palabras. Tenía muy cerca la boca joven y roja que tantas veces había creído ver en las frases de sus autores preferidos. No le salieron, como siempre, pero esa vez sintió eso que debía ser abrir los ojos y ver esa aboca joven y roja que le acababa de besar.

El aprendiz ya no quiso ser poeta, el aprendiz quiso y sigue devorando las palabras de sus autores favoritos donde está esa boca joven y roja más que nunca.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Lucas, París ahora que ya...

Lucas no entendía por qué ahora. Ahora que París quedaba casi tan lejos como París, Lucas pasaba en ella más horas que nunca.

Sentía la necesidad de conseguir por un momento la prosa de El invierno en Lisboa de la mano de Antonio Muñoz Molina. No sabría explicar por qué este libro y esta noche. Tal vez porque Billy Swan, como Johnny Carter en El Perseguidor, eran como el relámpago silencioso que resultaba Bill Evans sobre el recuerdo de París. “Hay ocasiones en las que uno tarda una fracción de segundo en aceptar la brusca ausencia de todo lo que le ha pertenecido: igual que la luz es más veloz que el sonido, la conciencia es más rápida que el dolor, y nos deslumbra como un relámpago que sucede en silencio”.

Esa canción, All mine. Cada vez que la escuchaba paseaba por la quai del Sena de noche, de esa manera en que uno vuelve a las ciudades en sueños, y pasea por ellas de la mano. Entonces Lucas no recordaba tantas historias, sino que era irracionalmente atrapado por ellas, como siempre le pasaba con esta música, sin dejarle la posibilidad de dormir, o callar, o dejar de amar.

Sabía y suponía esa ciudad, casi la misma, soñada, paseada y visitada por más gente de la que pudiese exagerar. Incluso él había compartido y descifrado sus luces y calles para esas buenas sonrisas que le habían ido a buscar por unos días en su mundo. Pero al mismo tiempo sabía y sospechaba que su ciudad fue tan única como un primer beso a la luz de unas farolas de Place de Clichy. No pudo enseñar lo que vivió y sintió, ni tan siquiera lo que se le enfrió la nariz y los dedos, ni empapado los pelos y los besos, ni lo que esperó en esquinas o simplemente lo que le hizo al tiempo cuando se paraba en cualquier calle o escaparate para jugar a jugar y a revolcar palabras para preludiar un beso, otro, mojado, soleado o au Nutella et coco. Todo eso era imposible de compartir, era esa canción que a su vez era esa ciudad que a su vez era su sueño, que a su vez es...

Ahora que París ya no gastaba sus zapatos, ahora que el dolor por la consciencia de lo dejado atrás se escuchaba por la izquierda como un tren de metro abarrotado de recuerdos y de formule midi au Tirebouchon después de desayunar y cenar sin comer nada, Lucas necesitaba a París más que nunca. Por eso esta noche con Bill Swan, Johnny Carter, Bill Evans, todos los tejados forrados de aluminio que tantas veces miraron desde el poyete que ocupaban ilegalmente en el Sacre-Coeur. Por eso necesitaba y no quería aceptar.

A Lucas le perteneció París entero, su París. No aceptó la distancia, y tal vez París no estaba tan lejos, tal vez sólo unas horas y volverían a escuchar esas notas, esas canciones de amor en las que no hay más palabras que en los títulos, y las nuestras.

Bill Evans, The Paris Concert

viernes, 27 de agosto de 2010

Luas, sus reflejos de menos


Lucas admiraba a quienes conseguían ser consistentes con sus creencias. Él se sabía incapaz, sabía que creía en un montón de cosas de las que antes o después acababa renegando por pereza, por cobardía, por querer creerlo imposible.

Sus discursos sobra la amistad eran bastante creíbles. No era dejadez lo que le llevaba a no saber ni hacer saber nada de sus amigos, los más queridos. Pensaba en una amistad no del gesto, sino del café compartido, de las complicidades en lo que no hacía falta decir. Y sabía y sentía a sus amigos así.

Sus discursos sobre los viajes, las ganas de exprimir su entorno lejano o desconocido, mezclarse con el otro, los pensaba también cocinados. Sentía que había tenido la suerte de vivir, la valentía de dejarse caer y perder entre lo desconocido para conocer.

Intentaba una filosofía de vida saludable. Intentar acercarse a una chiripa de esas que según Woody Allen te llevan a la felicidad, para intentar tropezar con ella. Intentar ser feliz con las pequeñas cosas.

Había mirado con cuidado, intentado aprender de quien pensaba de referencia para sentirse bien con sus convicciones. Pero así llegó un día una mariposa que parecía salida del lápiz de Tomás, partió algún tiempo lejos, aleteando alegremente, pero no sin antes darle un revolcón a la consistencia de Lucas.

Lucas vio en ella eso que pensaba como amistad. Los cafés reposados, los paseos en bici, las conversaciones sobre lo más insospechable, los baños verdes y con bocata de atún, las cartas que más que cartas eran sonrisas en un sobre y con cita de posdata, y el revolcón al descuido que ella tan bien cuidaba.

Lucas vio en ella eso que creía vivir y aprender. Siempre iba un paso más allá de donde se detenía el último, para asomarse y ver que hay. No había nadie que no mereciese sus palabras y su simpatía, no había una pregunta que se le quedase sin formular, no perdía una ocasión para dejarlo todo y salir, y el revolcón a la valentía que ella tan mal disimulaba.

Lucas vio en ella eso que sentía como felicidad de vivir. Sus libros de biblioteca, su paseos por el Carmen sin destino, sus conciertos a media noche, sus huelgas en el hall, sus blogs de perras, sus cafés imaginados, sus conciertos de misales y oratorios, sus secretos bien guardados, sus conversaciones surrealistas, sus posdatas, sus cartas en blanco y sus felicitaciones a dos semanas. Sus guerras de fotos, sus citas sin confirmar y sin lugar, sus impresiones inocentes, y sobre todo, sus ganas de vivir.

Lucas admiraba a quienes conseguían ser consistentes con sus creencias, y esa mariposa no hacía más que desmontar sus convicciones a base de sonrisas y ganas de seguir, y nunca le fallaban.

“Y qué bonito eso que pensamos como amistad”…y cuanta razón, y cuanto sentía Lucas las saudade de todo esto al ver el reflejo de las farolas en el "carrer Cavallers" de noche.

Suerte Mariposa.

lunes, 23 de agosto de 2010

Lucas, sus avances en la investigación II



Lucas empezó a sospechar lo que ya sabía. Este era su caso preferido. Investigaba como quien investiga cuando lo que no se quiere es atrapar, sino ser atrapado. Seguía estudiando los pasos de G-12, se había convertido en algo muy divertido, algo que se salía de todo lo que había visto hasta el momento, y empezaba, o más bien, nunca terminaba ese estado narcótico de felicidad persecutoria y obsesiva de andar al compás de los pasos de su obsesión. Sabía que esto no iba a tener fin, pero contradictoriamente no era la desesperanza lo que le invadía, sino la enorme felicidad de saber sus días llenos de investigación excitante y intrépida por cualquier rincón de eso que llaman mundo, aunque para otros el mundo se llama París.

G-12 no desayuna nunca, se compra el periódico y dice que así al hambre engaña. Pero a veces tenía la curiosa costumbre de meterse corriendo a un Starbacks a beberse un zumo de naranja y una muffin de chocolate blanco y fresa. Es obsesiva, no admite variaciones, ni de zumo ni de muffin. Una vez casi se le coló una cookie de chocolate blanco, pero no hubo manera. Tal vez esa reticencia a desayunar se pueda entender como una optimización del tiempo de sueño, pero esta opción ha quedado rápidamente descartada después de observar un comportamiento de lo más curioso: G-12 se levantó un sábado a las 9 de la “madrugada” a cocinar tortitas con Nutella y Nata, un manjar solo al acceso de lo que saben reconocer el placer de un desayuno genial.

Otro tema eran las comidas. G-12 no ingería alimentos en cantidad cuando comía públicamente. Cuando la acción transcurría la luz de los fluorescentes de un techo de cantina o comedor, o cafetería, sus ingestas se reducían al primer plato y a las regañinas del camarero. Pero en cambio, cuando sus ingestas se realizaban en privado, fuera del área común para dicha actividad, sus hábitos cambiaban extraordinariamente hasta el punto de demandar un bocata, un sándwich, dos botes de bebida (de los cuales uno casi siempre acababa siendo denegado) y una pieza de fruta. Según datos extraordinarios conocidos por la brillante investigación llevada a cabo, este régimen alimenticio podía completarse con suki ñoki o más comúnmente conocido como melange japonaise (no se ha sabido muy bien por qué el uso de palabras extranjeras para el designio de un concepto existente en su lengua de uso), y otros manjares como las golosinas de Oomuombo, etc.

G-12 se trataba de un individuo único en su especie, y por esto mismo sus costumbres y preferencias relativas a cualquier trivialidad de la vida cotidiana podían entrañar misterios inescrutables. Un ejemplo de dicho misterio se trata de los lugares preferidos para pernoctar y reposar de la fatiga diurna y nocturna (para nada tenía hábitos comparables a la diurnidad o nocturnidad de otros individuos, su vida trajinaba entre amaneceres y crepúsculos sin sabes muy bien si se empezaba o se terminaba entonces la jornada). Igual le servía una habitación llena de miradas aladas que una cama en un piso del centro, o una cama de invitados en su casa, o la suya propia, o un sofá de piel o la antigua posada del pez, o un hotel cuatro estrellas, o una cama ajena aunque conocida y añorada, o un autobús, o ninguna de todas y simplemente se dedicaba a agotar sus pilas en cualquiera de estos sitios para amanecer muerta de sueño pero con hambre para un zumo y una muffin apresuradas, y vuelta a empezar.

Tiene la mala costumbre de molestar a los altos cargos de las administraciones públicas destapando escándalos que revuelven la vida de agosto de consejerías enteras, y de algún defensor del pueblo que otro. Pero su genial labor a veces se ve recompensada con una bolsa de 5 kilogramos de fruta de las tierras extremeñas.

Otras de las curiosidades de este tierno individuo (tierno en cuanto a edad), es por ejemplo la indiferencia que muestra a los pianos Yamaha de cola a las 3 de la madrugada. El meterse a un baño a ensuciarse y no a limpiarse, aunque en resultados absolutos cierto es que terminó por oler a colonia que atonta a cualquier investigador. El cenar dulce, y desayunar a las 2 una piñata de golosinas. Leer colgando de una pared lo que una vez escribió. Hacer la siesta con los ojos abiertos, muy abiertos, y apretando. Comprar un melange japonaise para luego comerse otro. No hablar antes de las pelis, sino cuando se empiezan, y luego ya no callar, aunque no se diga mucho, ni mucho de nuevo.

En el informe presentado también se puede leer que G-12 acude a las fuentes públicas para aliviar el calor. Pero lo curioso es que no se trata de aliviar su calor, sino el del prójimo o camarada.

En fin, la investigación sigue sus cauces extraordinarios y irresolubles, pero imparable. Ahora la investigación se centra en la intercepción del correo y el análisis de un chaleco que se encontró en el lugar del último encuentro entre el investigador y G-12. Seguro que estos elementos abren nuevas vías de investigación para eternizar algo que se dice tan pronto…

lunes, 12 de julio de 2010

Lucas, sus sugerencias


A Lucas le encantaban las sugerencias, los vínculos irracionales. Pensó en esa palabra que decía de todo menos lo que decía, en las piedras en la cartera, las conchas en el bañador, un collar que lucía de nuevo, una exposición de Turner, una lista de bares, en Gabriel Pierné y en una antigua capilla de hospital, en las costillas en un plato vacío de paella, en una barca que se alejaba de la costa con una tripulación víctima del pánico, y porque esa costa ya sabes cuál es.

Y no podía dejar de sonreír porque todo sugería, y todo se colaba en un mundo mejor que le regalaban. Y si se paraba a pensar en cada palabra que escribía, descubría que no había ni una inocente y que todas tenía su sugerir detrás.

Lucas vivía encantado, porque le encantaban las sugerencias, los vínculos irracionales, y porque de esto tenía lleno su mundo, que no era suyo, que no solo lo era. Y lo sabía por estar en una cama que no era su cama, como su mundo, que no solo lo era, y porque estaba en una cama que ya conocía el peso de sus sueños. Porque en esa cama no podría dormir sin pensar, ni sonreír.

Había algo imposible, algo irracional en todo esto, algo que se escapaba de toda lógica, de toda norma. Lucas nunca lo ve, pero así vive últimamente. Todo el mundo vacío, recogido en sus lugares pendientes de un partido de futbol mientras Lucas llenaba y esparcía su ilusión por un mundo que había quedado medio desierto. Y lo llenaba con una coca-cola compartida, con promesas de esas que nunca había hecho, pero que ahora sabía que podía hacer porque las iba a cumplir, naranjas y verdes, sonrisas y lágrimas, pero más sonrisas. Al final sin muchas ganas llegó a ver el gol de Iniesta, y gritó. Pero aunque no lo sepa, no gritó por el gol, gritó por la coca-cola que se quedó en su mano y que casi que no se atrevió a tirar porque le sugería, gritó porque en las ventanas del metro solo se reflejaba él. Porque tenía que esperar para cumplir promesas y para desvelar todo lo que escondía con pocas ganas pero con mucha ilusión. Gritó por esa palabra que decía de todo menos lo que decía, por el collar, por Turner y Pierné, por una capilla de viejo hospital y por las piedras en la cartera, por un cable para dos auriculares, por una crema hidratante, por las conchas en el bañador, y por una piedra en medio del mar.

Y también porque gritar tampoco era gritar, era mucho más…¿te sugiere algo?

P.D. Y con dos días tuvo bastante para sugerir lo que había sido todo un año en el lado de allá. Y con una foto donde casi nada se ve, tuvo bastante para saber tantas cosas, y decir tantas otras.

miércoles, 30 de junio de 2010

Lucas, lo poco que sabía llorar



A Lucas le costaba llorar. Las lágrimas no eran habituales en sus ojos. Era más de nudos en la garganta, y de hacerse el fuerte, aunque con resultados a veces muy sorprendentes para ser una ficción. Lucas tenía seguridad, confiaba en sus convicciones, en sus intenciones y en sus sentimientos (que palabra tan manida pero que bien utilizada en esta ocasión).

Aún así sabía que en ese momento los lagrimales no conectaban con ningún centro racional. Es más, por mucho que intentasen convencerse, la situación no podía racionalizarse. Lo que iba a pasar no era natural, pero las batallas con el tiempo eran un tira y afloja en los que después de un largo pulso ese hundir las manos en tus rizos volvía. Sabía que este tipo de cosas que no se pueden ni quieren comprender tenían su lugar en el tiempo, tan caprichoso en tu ausencia. Pero también sabía que el tiempo desaparecería, se diluiría entre los rizos y las caricias, y que entonces se podría comprender que es imposible de entender. Con todo, Lucas se plantó de frente ante la irracionalidad. Dispuesto a todo, sin temores ni rubores, pero sin ganas de dejarte ir.

Todo fue muy rápido. Los besos salados no hacían más que negar las lágrimas, Lucas te apretaba fuerte, y con eso dejaba escapar toda la rabia contenida. No dio tiempo a mucho más pero no veía el momento de dejar de andar a tu lado. A Lucas le costaba llorar, pero se dio la vuelta y dejo de andar mientras tú sonreías del otro lado. No lloró pero al dar el primer paso hacia donde no estabas tú, una pequeña gota de agua salada empezó a correr mejilla abajo, una mejilla apretada y tensa por el nudo de la garganta, y una garganta que se esforzaba para poder coger aire profundamente para suavizar su dolor.

Lucas sintió el sabor de su lágrima, no quiso nunca secarla, ni limpiarla, quiso dejarla en su mejilla. Y dicho esto, Lucas no sabía cómo terminar, pero si como no terminar…y no terminó llorando, sino riendo contemporáneamente.

sábado, 12 de junio de 2010

Lucas, sus variables



La tercera variable eres tú.

miércoles, 9 de junio de 2010

Lucas, sus desafios al tiempo


Lucas vivía contra el tiempo. Pasaba los días intentando pensar que no pasaban, pasaba las horas despreciándolas, viviendo en otro ritmo que no era el de los relojes. Pero aún así, a pesar de sus empeños al llegar la noche sin casi percatarse, miraba la hora antes de acostarse y las revelaciones de un reloj descorazonado le robaban la última sonrisa para entregarse a una leve preocupación del tiempo. En la cama se daba cuenta que el tiempo pasaba más de lo que debería, que las noches tiraban muy hacia dentro sin que nada hubiese empujado, que sus ojos se abrían soñolientos sin motivo aparente, y todo por culpa de ese reloj.

Lucas se metió una noche más a la cama, se cubrió tímidamente con la sabana, y alargo el brazo para ver el reloj. Nunca llegó a él, un brazo se le posó en la cintura, sintió que algo se acurrucaba en su espalda y le susurraba aliento al cuello. Con el brazo a medio camino, extendido y suspendido en un aire entre la eternidad y la fugacidad, retrocedió hasta alcanzar ese brazo. Se dio media vuelta, miró esa cosa que estaba acurrucada, sonrió porque sonreía, la abrazó porque le abrazaba, la quiso porque le quería y la amó porque le amaba.

En esa noche su brazo se quedó con la eternidad, y el tiempo se quedó como un verdugo en un campo de margaritas. Esa noche Lucas no tuvo leves preocupaciones, solo vio que afuera era de noche, la luna insinuaba lo que empezaba a creer y que allí estaba a salvo del tiempo.


sábado, 22 de mayo de 2010

Lucas, sus susurros

A Lucas le entró el sobrecogimiento que sentía un día que pasaba por delante de los bistrós de la rue Ramboteau. Llovía sin muchas ganas y con miedo, y mientras pasaba apegado a las mesitas que custodian la primera línea de la acera, Lucas escuchó el desfilar de palabras que su correr le iba dejando en las orejas.

Había tantas, tan distintas, tan pesadas algunas, otras tan evaporadizas, agudas, graves, roncas, dulces, fuertes, susurrantes, sinceras, socarronas, altivas. Entonces le entró el sobrecogimiento del que antes hablaba. A saber: ¿cuantas palabras pronunciadas por cualquier boca o leída en cualquier escrito pueden haber en un día en todas las historias cuotidianas que se viven a través de ellas en este mundo? Lucas tuvo que pensar y repensar varias veces como hacer la pregunta que al final hizo así. Concluyó que muchas, evidentemente no podía ni imaginar hacer un cálculo imaginativo, al fin y al cabo sería tan postizo contar con números las palabras…

Pero aún así Lucas continuó, y pensó que esas “muchas” y distintas palabras pronunciadas en un día, multiplicadas por la existencia de la oralidad, la escritura y la literatura en definitiva (tal vez la literatura existió antes que las otras), daban “muchas” más. Lucas siguió con sus cálculos, y consternado por tal cantidad de palabras, “muchas”, se quedó todavía más contrariado al pensar que no había palabras suficientes todavía, que la combinatoria de tantas palabras y tan diferentes (infinitamente mucho más grande que “muchas”) no eran suficientes para sacarle a Lucas todavía tantas cosas que tampoco sabía si quería decir, pero si pensar.

Al fin y al cabo pensamos con palabras, pero no hay palabras que le puedan hacer pensar con aquello. Solo lo sentía. Como pensar sin deformar lo que sintió cuando el susurro de una canción le llegaba a los labios. Y Lucas sigue sintiendo, sin saber que palabras poner, por “muchas” que haya.


miércoles, 12 de mayo de 2010

Lucas, sus pocas palabras



No sabía cómo decir, hacía mucho tiempo que Lucas miraba y callaba porque no sabía cómo decir.

Buscando encontró algo que tal vez dijese eso que quería decir: soy feliz. Y era feliz como nada, por eso no había metáforas que le acompañasen, ni contrapuntos, ni segundas voces, solo una felicidad que le caía encima. Pero esas palabras…

“Decían algo absolutamente insignificante o algo capaz de desquiciar una vida: no era posible saberlo, y eso le gustaba a Lucas”.


jueves, 29 de abril de 2010

Lucas, su equipaje


A Lucas le dio por pensar en una de esas cosas de las que luego te interrogas incrédulo para intentar averiguar el por qué de esa absurda pero divertidísima idea de pensar en eso. Tal vez fuese Duke Ellington con su Day-Dream y su Lotus Blossom. A Lucas le había dado últimamente por escuchar a Duke. O tal vez fuese que los ojos le escocían de sueño acumulado y de ganas de no dormir. Tal vez fuese esa historia que acababa de leer. Pero al llegar aquí Lucas se dice que vaya absurdidad de párrafo acaban de escribir si todos saben por qué, y el párrafo solo va de “tal vez”…

A Lucas le dio por pensar en el viaje a los sueños. Muchas veces le habían preguntado: ¿y tú, que te llevarías a una isla desierta? Buena isla, por otro lado, para cierta tipa: desierto incluido. La cuestión es que Lucas siempre había analizado las necesidades en el sueño. ¿Qué se llevaría Lucas a un sueño desierto? Muchos de los sueños necesitaban un decorado preciso que el soñador llevaba en su maleta a la cama, una chica que metía también en una maleta en forma de revista, un cuerpo que no era el suyo, ese coche que tantas veces había visto aparcado cerca de su casa. Todos los soñadores del mundo querían una gran maleta para llevar consigo al sueño tantas cosas. Cada maleta era diferente, los soñadores sabían tan bien cuál era su sueño soñado que se encargaban de montarlo casi en miniatura en su maleta. No se dejaba nada al azar del sueño. Así uno conocía el sueño casi antes de soñar.

Todo esto le hizo pensar a Lucas, intentó hacer un par de listas, una estimación del tamaño de maleta que iba a necesitar, documentación…Pero por muchas vueltas que le dio todo le parecía prescindible, en su sueño solo le haría falta una cosa. Su sueño no tenía escenario, ni trama, ni historia, ni diálogos, ni una acción, ni nada que poder coger. Su sueño no tenía ni tan solo tiempo, ni espacio. Tal vez su sueño se parecía muy poco a un sueño. Y esto a Lucas no le desconcertaba. Acabó haciendo una bola con los papeles en blanco de su lista y los lanzó al aire, y este se los devolvió a la cabeza.

Lucas despertó, todo había sido un sueño, otro más, y de los buenos. Fue consciente de lo que había soñado, y fue consciente de que era cierto lo soñado. Nunca metería una maleta en su cama. En su sueño no había nada, su sueño era soñar, y para ello solo le hacía falta una cosa: el hueco entre su cuello y su clavícula que tan bien olía a ella. Tal vez su sueño se parecía muy poco a un sueño, tal vez su sueño era verdad, pero Lucas pensó que vaya absurdidad de párrafo acaban de escribir si nadie sabe por qué…

viernes, 23 de abril de 2010

Lucas, sus avances en la investigación

Le he encargado una delicada tarea a Lucas. Se trata de un asunto de justicia, de perseguir a toda persona que se salte las normas y las leyes. Pero quién sabe qué leyes defendemos Lucas y yo. Tenemos un sospechoso/sospechosa de haber violado quién sabe qué, este tipo/tipa para mayor seguridad vamos a llamarle/llamarla G-12. No tenemos evidencias, no hay por donde entrarle por ahora a G-12, pero todos modos Lucas y yo estamos más que convencidos de que esa persona es culpable. Le he encargado a Lucas que empiece la investigación y que vaya recopilando datos.

Lucas lleva algunos días pegado a su sombra, pero pasa desapercibido, ha entrado en su vida y no hay la más mínima sospecha de sus objetivos. Según los informes presentados recientemente hay avances significativos en la investigación. En nada habrá pruebas más que evidentes para poder acusar a G-12 de un delito que ninguno de nosotros podríamos describir.

Hemos descubierto que G-12 duerme sin almohada, y le gusta ladear la cabeza. Suele terminar hecho un ovillo, con sus piernas plegadas, sus brazos arropados debajo de su barbilla y el pelo revuelto. Le gusta dormir sin pijama, aunque a veces duerme en camisa o con un pañuelo en el cuello.

Tiene arrebatos higiénicos, a veces se lava los dientes antes de comer. No se trata del tipo de personas que aprieta el tubo de pasta dentífrica por arriba, ni tampoco por abajo, lo estruja con su puño apretando por todo el tubo. Se raspa los dientes paseándose por toda la casa, y le gusta incluso mantener animadas conversaciones mientras realiza esta acción. Además de esto, es frecuente que se duche dos veces al día. Otro dato curioso, algunos baños le producen sonrisas, que por otro lado no se trata.

Se trata de un individuo de grandes convicciones, aunque convicciones ocultas que nunca muestra, y que intenta ocultar detrás de una incredulidad curiosa. Toda respuesta a los grandes enunciados se reduce a un: ¡Anda ya!, o ¡Claro!, aunque dentro de su cabeza empieza a analizar, disfrutar, o rechazar de plano lo que ha recibido. Por otro lado, en el plano de los gustos, cuando decide que algo no le va a gustar, no hay nada que hacer, y cuando decide que algo no se va a repetir: ¡Lástima!, eso es todo lo que puede decir.

Le encanta acariciarse la parte de dentro de los labios superiores con la parte inferior de la lengua, una acción bastante curiosa. No le gusta nada subir escaleras en paralelo, más bien le gusta echar a correr por ellas. Le encantan también los abrazos por la espalda. Le encantan las hojas con cuadraditos, comerse las tortitas rotas, meter el dedo en el arroz, las lentejas, la harina y en cualquier cosa que anule por momentos la sensación de la gravedad.

En fin, nos vamos a reservar gran parte de la investigación por precaución, no queremos que G-12 se percate de la investigación y se dé a la fuga. Lucas lo tiene todo preparado ya, pero lo dos sabemos que se puede ir todo al garete. Lo difícil va a ser intentar atrapar a G-12 sin ser atrapado por él.



sábado, 10 de abril de 2010

Lucas, su mundo

Hacía tiempo que Lucas estaba intentando contarme aquella noche. Nunca me lo dijo, pero no hacía falta ni una palabra de aviso, ni una pequeña introducción para que me diese cuenta de que me quería contar. Lucas se calentaba el té, se sentaba en el sofá, y empezaba a mirar sin ver, simplemente buscando en su cabeza ya no las palabras, sino eso que quedaba detrás de ellas que le hacía sentir aquello que no podía explicar. Y entonces me miraba, pero sin mirarme a los ojos. Me miraba las manos, mis zapatos, la arruga de mi camiseta entre mi brazo y mi pecho. Y seguía sin decir nada. Y entonces cogía los libros de siempre, sabiendo que tampoco le servían porque aunque me leyese algún trozo, el no leía lo que yo escuchaba. Sabía que las palabras nunca tienen lo mismo detrás, nunca insólito será insólito para Lucas, ni sorpresa será sorpresa, ni genial vendrá de genio. No podía contarme esta vez como fue.

Esta vez lo imaginé yo, mirándole a él, pero no mirando sus ojos sino donde se refugiaba, donde buscaba para poder recuperar por poco que fuese aquello que vivió.

Lucas salió del metro para comprobar que en eso de amar todo momento esperado no deja de sorprender cuando por fin llega. Ella mentía fatal, y él fingía casi peor. Los dos sabían dónde iban, pero no les importó dejar pasar un poco el tiempo. Ese día, y esa noche, el tiempo no corría por los relojes. El tiempo se media en luz y corría con el sol y la luna. Entonces había sol, y fueron a buscar unas notas perdidas en un piano andrajoso. Hacía muchísimo tiempo que Lucas no hacía sonar un piano, y de pronto lo volvió a sentir. Y lo que sintió no fue la armonía genial de Beethoven y su claro de luna, fue el abrazo que ella le dio mientras tocaba, por la espalda, y que le hizo caer el tempo y se le fueron los dedos. Ella no sabía que era una de las cosas que más deseaba Lucas, uno de esos momentos en los que sentía que el mundo no era más que ese abrazo por la espalda.

Salieron todavía con sol, pero el tiempo no importaba. Se miraron y se preguntaron hacia donde iban a perderse. Nadie dijo nada, entonces ella metió la mano en su bolsillo, le cogió la mano a Lucas, y le dejó una llave. Nada decía en ella, ninguna pista de qué abría. Pero por supuesto no hacía falta.

Lucas encontró al otro lado de la puerta un mundo entero, un mundo en el que estaba todo lo que llevaba años buscando sin darse cuenta. Y digo sin darse cuenta porque no lo hizo hasta que entro y vio todo lo que había en esa habitación con ella en la cama. Cada nota de color era una ventana insólita por la que se escapaba el mundo y ellos con él, y les llevaba donde querían llegar. Y cada mirada por la ventana le recordaba a esos días en los que se sentaba delante de ese mundo a sentir el momento en el que todo empieza, pero entonces lo miraba desde el otro lado, desde donde todo empieza. Y vio en cada nota sus ambiciones, y se giraba, le miraba, y las sabía cumplidas. Pensó que todo había salido de ella, que esa ventana estaba abierta cuando entró, esas notas estaban colgadas cuando entró, y escritas y vividas, la llave de ese mundo se la dio ella, la música que sonaba, la bebida que bebía, la comida que comía, había tenido que ser ella. Lucas siempre quería más, por eso siempre sintió que no encontraría un mundo que tuviese todo lo que quería. Pero en aquel tiempo de sol y luna no quiso salir de ahí, y sintió que ese mundo siempre tenía más, y que ese mundo era ella, y con ella todo lo demás.

Lucas la abrazó, y respiró jadeante el aire viciado que dejaba y recuperaba entre su cuello y su pelo. Sabía que ahí estaba ese “Aleph”, ese rincón de su cuello donde estaba todo, donde veía todo eso que vivía, y que no quería abandonar. Lucas cerró los ojos, ¿quién abre los ojos cuando sueña? Lucas no los abrió y sigue soñando con su mundo en ella, y con ella.

Lucas seguía en el sofá con los libros, yo le seguía mirando, pero no a los ojos. Miraba dónde se refugiaba para recordar todo eso. Y se refugiaba en el sueño, porque tenía los ojos cerrados y por eso no me miraba.

miércoles, 7 de abril de 2010

Lucas, sus poemas


67, modelo para amar

No te voy a cansar con más poemas. Digamos que te dije metro, tú, asfixia, tapa, máquina de escribir, piano, llave, sueño, saltar, Francisco, doce, notas, siesta, doritos, crêpes, soul, sardinas, qué quieres?, estrellas, Nivea, amanecer, sudados, y tal vez alguna vez sonreíste, yo sonreí sin tal vez y nos miramos largo rato.

Y cada palabra es una adivinanza, y en ellas hay 3 números no tan ocultos que seguro sabrás leer.

lunes, 5 de abril de 2010

Lucas, sus noches de swing



Swing y té a las 3 de la madrugada. Lucas notaba que esto le hacía estar a gusto consigo mismo. Sabía que no siempre era todo una sonrisa, que el tiempo se envenena, y que a veces los silencios jugaban malas pasadas. Lucas sabía que no todo era sol en París, que el frío podía volver en abril, y que el sueño le podía quitar las mejores horas del día.

Pero nunca perdería ese pie que tambaleaba al ritmo de la batería, y la cabeza y su silbido seguirían siempre esos solos de Miles Davis y John Coltrane, los dos mezclándose a cada momento. París cambiaba a cada momento, pero si algo le hacía sentirse en París como en ningún otro sitio era ese swing que solo podía salir de estos dos genios, escuchados así a esas horas con té. Lucas se abrazaba a ellos a las 3 de la madrugada, y parecía que aliviaba toda la inflamación que llevaba encima.

Después de eso se dio cuenta que cuando se abrazaba a estos dos genios así, era porque no debía escribir más sobre él, y siguió con el swing.

Escuchaba Kind of Blue. Cinco de las piezas más grandes jamás creadas y tocadas, y todo eso tan solo en 10 horas, repartidas en 2 días, en un estudio de Nueva York. Nadie sabe cuánto tiempo le costó a Miles sacarse esos modos de la cabeza, esas notas que más bien eran excusas para cambiar de solista, y esos ritmos y melodías que rompían pero no por romper, sino porque así lo pedía la música que nacía de Miles, un camino hacía la flotación rítmica y armónica. A Lucas le encantaba esa reunión de amigos jugando. Miles les citó un 2 de marzo para tocar, sabían 4 esbozos de lo que podía ser pero no conocían como iban a ser los temas. No habían ensayado nada juntos, simplemente se reunieron ese día, Miles les contó 4 cosillas que tenía en la cabeza y se pusieron a grabar. Estas cosas no se explican, simplemente se tocan, y así nacen estos temas. Los amigotes de Miles Davis fueron John Coltrane al saxo tenor, Julian “Connonball” Adderley al saxo alto, Paul Chambers al Contrabajo, Jimmy Cobb a la batería, y Bill Evans al piano. Lucas siempre había pensado que tener que elegir a un tipo de estos para tomarse un café seria un dilema de los de moneda al aire. Moneda de 6 caras, claro está. Lucas insistía en que escuchase estas notas, estos comienzos y finales, y todo lo que existía entre medio, que no se sabe muy bien si eran continuaciones, improvisaciones monstruosamente enormes que dejaban a los principios y los finales sin sentido, o improvisaciones que dejaban los comienzos y finales como simples excusas para meterse dentro. Paul Chambers en el comienzo de So What, o Miles Davis en la improvisación de Blue in Green, o Cannonball en Flamenco Sketches, John (Lucas ya les tuteaba) en Freedie Freeloader, y Bill y Jimmy que no sabía en cual de todas les bajaría de una tarima. Simplemente en esta noche Lucas les escuchó una y otra vez, no paró los pies, y su cabeza seguía las improvisaciones casi con volante con guantes.

No dormiría, lo sabía, Paris a veces tiene esas cosas, esos giros, y esta vez no sería por las sonrisas, sino por el swing de estos 6 tipos que eran músicos, amigos, y algo más que nunca nadie podrá definir.

P.D. Solo queda decir una cosa, ¡qué grandísimas fotos!

domingo, 4 de abril de 2010

Lucas, sus desiertos

Siempre tenía algo que decir, siempre algo que sentir, y esta vez no quiso ser menos. Mientras le contaba mi primer contacto con el mundo árabe, con África, con el calor en mucho tiempo, con la arena del desierto, Lucas, me contó su historia por Marrakech.

Lucas llegó solo, a una tierra que no conocía para nada, iba a dejarse ir hasta donde pudiese aceptar. Arrastraba sus bultos, y otros los cargaba en la espalda. Una vez salió de esa burbuja, cápsula de entrada o algo parecido que resultaba ser un aeropuerto como el de Marrakech entre esa gente y esa forma de vida, Lucas se vio siguiendo a un señor que le cogió la maleta llevándolo hacia un taxi. De repente se paró a discutir a gritos y malas caras entre otros compañeros, señalándole, y Lucas, sin saber que hacer o que decir, metido en un lio que ni siquiera podía entender, aunque si imaginar, cruzó per medio del barullo y siguió al tipo que finalmente le metió en su taxi y le habló de todo el futbol español con mayor precisión de lo que él podía ser capaz.

Llegó a la Plaza Jamal el Fna en un trayecto en el que empezó a entender que la física y los espacios, y los problemas de cinética eran una cosa muy occidental, y que en Marruecos, y especialmente en Marrakech, aunque también en Casablanca, y en Agadir, y en tantas carreteras que al final terminó pisando, las personas, los coches nuevos, y los viejos, y los todavía más viejos, las mobilettes, y las vespas, y las motos que no se sabía ni que motos eran, y las bicis, y los asnos, se entrecruzaban por un asfalto que parecía una mesa de billar con un montón de bolas moviéndose hacia todos los lados con la única misión de no hacer carambola. Una vez había bajado del taxi, una inmensa plaza, llena de luces y de jaleos, y olores se desplegaba delante de él. Sería una de las sensaciones que le acompañarían ya para siempre. Iba con la intención de mezclarse con la gente, de sentarse al lado de las gentes con babuchas y túnicas, pero ya se sabe, por mucho que se mezcle el aceite y el agua. Lucas andaba por la plaza, entre músicos, adivinos, torneos de boxeo espontáneos, encantadores de serpientes, puestos de frutos secos, de Jena, de zumos de naranja, de Cuscús, de brochetas, y cocidos varios, de asaltantes que lo intentaban convencer que se sentase a cenar en su puesto, pero lo que más sacudió a Lucas fue el olor.

Ya nada más llegar, sintió lo mismo que sintió cuando visitó algunas de las grandes capitales de Sud América. En el taxi, por la ventanilla que llevaba bajada, entraba un espeso olor a gasolina mal quemada, a humo negro, o gris, pero en todo caso oscuro que llenaba el aire de hedor. Al salir a la plaza, el olor del humo de las brochetas, de los frutos secos, de las especias de su cocina, de los dulces, del guiso de garbanzos que nunca supo bien que era. Sintió, como ya había sentido alguna vez, que estaba en uno de esos lugares donde no había aire, solo olores y hedores. Las mañanas olían a pan recién hecho, pero pan marroquí, a dulces recién horneados, a té recién hervido, a mantequilla de leche de camello, y a miel de dátil. Las calles olían a muchas más cosas, a cuero, a pescado, a especias, a hierbabuena para el té, pero también a corral, a excremento de gallina, a pescado muerto, a alcantarillado colapsado y tantos olores y hedores que no podía identificar, ni tan siquiera imaginar ni recordar ahora.

Puede que todo esto, esta cantidad de cosa que a Lucas le retorcían la consciencia, las percepciones y la razón fuesen las cosas más triviales de esas vidas que veía pasear tan caóticamente ante sus ojos. Pero él nunca olvidaba que era el aceite en ese océano, y que debía intentar mirar lo más hacia abajo posible. Le entusiasmaba ver el respeto por las gentes mayores, algo tan aceptado por toda una sociedad. El papel tan crucial de la religión en sus vidas: vestimenta, estética, horarios, costumbres, alimentación, ocio, arquitectura. Detrás de casi todas las cosas se podía encontrar la religión, incluso delante a veces. La vida de los hombres, tan diferente a la vida de las mujeres. La vida de las mujeres, tan diferente a la de los hombres. La vida de cada mujer y cada hombre, tan diferentes entre sí, sin olvidar la vida de los niños, una vida de calle, de penas y glorias, de sonrisas inocentes y de lloros tan cruelmente conscientes. La vida de la calle, desde tan temprano, los carros llenos de frutas, de panes, de tortas, y más panes.

Una de las cosas que más le sacudió, cuenta Lucas, fue la estructura de las ciudades, o de los poblados, sobre todo en las zonas antiguas, en los zocos árabes. Lucas se miraba el mapa que tenía entre manos una y otra vez, y no entendía por qué no había más detalles, por que las manzanas se quedaban tan gigantes y no había manera de saber dónde se tenía que meter. Finalmente empezó a andar por uno, y cuando llevaba unos 13 giros hacia derecha, y unos 28 a la izquierda, cada giro de un ángulo diferente, se dio cuenta que era imposible ni tan siquiera entrar al Zoco para ir a algún lugar concreto. Si se entraba al Zoco era para pasear por el Zoco y jugar así a ese juego de azares que es encontrar lo que se busca. El techo cubierto de las estrechas calles quitaba luz, pero a la vez daba esa ralladura de rayos que tan bien le sentaba a esos lugares. Los mapas en estas ciudades sirven para perderse lo mejor que son esas calles donde un gallo y un asno son más corrientes que los coches aparcados al lado de la acera. Y donde las puertas y las ventanas, casi siempre abiertas, tienen sentido por sí mismas, con sus dibujos y adornos, y no por ser un obstáculo entre un dentro y un afuera.

Pero sin duda, Lucas se guardo su visita al desierto para el final. Llegar hasta allí fue toda una paliza para él. Ver todos esos lugares desde la ventanilla de una furgoneta que no le dejaba bajarse y echarse a correr por ahí, pararse 5 minutos para hacer un desastre de foto, pero un desastre de foto de 5 minutos, y pisar tantas piedras que creyó preciosas, fue un sacrificio que valió la pena. Un dromedario le sacudió durante una hora hasta descargarlo en una duna ya de noche cerrada. Había luna casi llena, y el desierto de dibujaba en unos tonos azulados y unas sombras negras. No hacía falta luz. En realidad no Lucas no necesitaba luz, ni nada que no fuesen esos ojos, y esas orejas que dolían de tan abiertas que estaban. Dicen que el desierto es una tierra desolada, sin vida, sin agua, sin sombras, sin colores. Nada más lejos de la realidad. El desierto es un lugar que ponía a Lucas del revés. Entonces pisaba un cielo estrellado que no vio en ningún otro lugar Lucas. Las dunas estaban arriba de su cabeza, la arena le entraba por todos los huecos de su ropa, por los zapatos. En su cabeza tenía la textura de las dunas, de un cielo encapotado, ondulado, pero suave. En los pies un cielo estrellado, un mar de puntos luminosos, lleno de vida parpadeante, y de colores que empezaron a averiguarse al amanecer. El viento que soplaba cargado de pequeños granos de arena le quitaba a Lucas todo lo que le envolvía, dejándole desnudo en la inmensidad que tenía delante, para pensar en la inmensidad que tenía detrás, de tanto que tenía ya vivido, y de lo que seguro le quedaba por vivir. En estos lugares se vive un presente lleno de pasado y futuro, un presente que son todos los tiempos mezclados.

Lucas terminó ahí, no quiso ponerle final. Dijo que donde se mezclan todo los tiempos se puede empezar y terminar, y eso no cambia nada. Lego vino terminar realmente el viaje, pero Lucas ya se había quedado del revés por un tiempo, entre las dunas y las estrellas. Sentí que tal vez mi historia de la visita a Marrakech empezaba también por el desierto, aunque no fuese mi primer destino, y que tal vez, todo lo que viví por esa tierra se encontró allí en esa noche entre dunas para darle forma a todo.

Mi viaje era un paseo por las palabras de Lucas, y ahí quedó. En mi cabeza, en mis fotos, en algunas de estas palabras. Y en tantos momentos grandes que pasé a vuestro lado.


sábado, 3 de abril de 2010

Lucas, a fuego lento



Lucas amaba la cocina. Le encantaba enfrontarse a la comida y hacer de una necesidad un placer. Comer, beber, amar. Mezclar, frotar, calentar, especiar, aliñar, cocer, probar. Pero descubrió que cuando esa necesidad se convierte en placer, la prisa queda atrás, el hambre espera, y se cocina a fuego lento. Es tanto el placer del camino, como el llegar al destino, que nunca es más que otra parada en el viaje. Siempre habrá un menú siguiente, y volver a empezar.


De todo esto Lucas se dio cuenta ese día en el que tenía toda la noche por delante, el hambre podía esperar, y decidieron cocinar a fuego lento. Saborearon cada estado, cada nueva textura, cada nuevo sabor, cada paso en la receta. Se probaron crudos, a medio hacer, y en el punto. Sin sal, siempre sin sal, pero sí con curry, leche de coco, miel y vinagre de Módena, confitura de frutos rojos, orégano, basílico, canela, menta, anís estrellado, y vainilla. Todo sin remover, cuando se cocina a fuego lento, los ingredientes se adentran hasta el poro más profundo, llenándolo de sabor, de olor, y color. Estaban llenos de color, azul del té y mi camisa, amarillo del curry y de tu camisa, naranja de la zanahoria, blanco del arroz, tostado del jengibre, y marrón de la canela. Pero también rojo, sobre todo rojo, que no sabíamos de donde salía, pero que se quedaba en nuestros labios.

Descubrió que el placer de cocinar a veces supera el placer de comer, y que incluso quita el hambre. Y el sueño.

http://www.youtube.com/watch?v=QbGUrB0iFnc

viernes, 19 de marzo de 2010

Lucas, sus historias a las que no sabía poner nombre

Desde algún lugar de Chile, Andrés salió de su casa. Su destino era París. Miraba su reloj, pocas veces lo hacía, pero sabía que eso en Europa, y más en París, iba a tener que hacerlo mecánicamente para sobrevivir. Montó en el taxi, y se fue hacia el aeropuerto, le quedaban unas cuantas horas de viaje, pero todo estaba ya decidido, y qué más da lo que tardase. La última cosa que hizo fue escuchar, sentado en su sillón donde solía leer con poca luz, el concierto de clarinete de Mozart, le apasionaba, y sabía también que tardaría en poder escucharlo de nuevo. Sentado en su sillón, dejando de mirar de tanto escuchar, se despidió de todo eso, con una taza de té que se llevaría consigo para no dejar vajilla sucia en esa que fue su casa. Y por supuesto el CD que cargó en su maletín de mano. A saber cuándo el dinero le permitiría comprarse un reproductor y volver a escuchar esas notas acompañadas de té con trazos de cascara de limón.

Chloé trabajaba en Au Claire de Lune. Como todos los días cogía el metro a las 6 de la tarde en Villiers, para bajarse en Anvers y llegar a hora a su turno, aunque a veces tomaba una copa con su amigo antes de marchar al trabajo. Ella miraba el reloj sin esfuerzo, estiraba el brazo para que su reloj se colara por debajo de su manga, y miraba sin leer las varillas. Bajaba el brazo y entonces descifraba las varillas memorizadas. Luego miraba a su alrededor inquieta, como siempre iba apurada.

Lucien tenía 22 años, había terminado de estudiar clarinete en Viena, y había vuelto para probar suerte en Paris. Había pocas orquestas, y mucha competencia, todo el mundo quería probar en París. Alquilaba una habitación en la Rue Lepic, en Montmartre, pero no le dejaban tocar allí, le decían que molestaba. Decidió irse al metro, allí la gente no presta atención a nada, no escuchan, no miran, parece que sepan por donde se mueven a base de golpes y empujones y carteles de colorines. Todos los días salía a las 9 de casa, se iba a una esquina de la Parada de Place de Clichy y allí por la mañana se dedicaba a hacer técnica de clarinete, y por la tarde los conciertos, con un manojo de cañas del 3, una funda que dejaba abierta y un montón de libros y un atril.

Lucas estaba en casa, escuchando a Chinoy y casi llorando pensando en esos segundos en los que por alguna “casualidad que no buscaba comprender” metía unas vidas en un mismo lugar, para que sin verse y sin saberlo, llegasen a un destino que no sospechaban pero que les realizaba de alguna manera.

Andrés iba en un metro de la línea 2 dirección Belleville donde iba a ver un apartamento. No sabía si iba a poder permitírselo. Estaba ya cansado de visitar edificios imposibles para sentirse siempre mutilado y alejado de su mundo. Pensaba en volver a su casa, a su sillón, su concierto y su té. Pensaba en todo eso, pero se esforzaba para no tomárselo en serio, y seguir ahí sin saber si realmente quería estarlo. Chloé se tomaba una copa con su amigo por Place de Clichy, se miró el reloj y eran ya las 5:45. Debía salir corriendo, su turno iba a empezar. Le fastidió sobremanera tener que echar a correr siempre en el mejor instante, le dejó el dinero y se disculpó. Él le pidió 5 minutos pero ella no podía, tenía que ir, el tiempo corría. Se fue sabiendo que tal vez el tiempo la atrapaba y no podía decidir, tal vez esos 5 minutos eran los que más deseaba. Lucien como siempre estaba en una esquina de Place de Clichy, esa tarde había repasado ya las notas del Weber, y sacó el concierto de Mozart, edición Bärenreiter, como le habían enseñado en sus años en Viena. Estaba completamente rayada de lápiz, indicaciones de un montón de profesores y de conciertos escuchados condensadas en sus pentagramas, inicialmente desnudos. Cerró los ojos, empezó a sonar la introducción orquestal en su cabeza, ese tutti que solamente Mozart podía escribir. Incluso Lucien dirigía con las manos esa orquesta que hacía sonar para él en la cabeza, hasta que llegaron los tres acordes cadenciales que le indicaban el paso al clarinete, entonces cogió el clarinete con las dos manos, se lo llevó a la boca y empezó a sonar el concierto para todos.

En ese momento, aunque Lucien no lo escuchaba, llegaba un metro y dentro iba Andrés sin muchas ganas, pensando más en no pensar que en la visita que le esperaba. El metro se paró, Andrés miró su reloj, y entonces sus oídos se llenaron de Mozart. No supo nunca la hora. No puedo evitarlo, empezaba a sonar la orquesta también en su cabeza como a Lucien, y bajó del vagón casi sin saber que se bajaba, y se quedó mirando a ese chico en la esquina.

Chloé bajaba corriendo las escaleras, miró el reloj tan poco tiempo que no podía ser que hubiese leído la hora tan rápido. Siguió corriendo, vio el metro y se dirigió a la puerta que más cerca tenía. Pitaba ya la señal, tenía un hombre con cara de extranjero y de absorto en mitad de la puerta, pero tenía que coger ese metro. Estaba descifrando la hora que había memorizado mientras bajaba los escalones y eran ya las 5:45. Se paró de repente, volvió a mirar su reloj, el metro cerró las puertas, y se dio cuenta de que las varillas estaban paradas, que a saber qué hora era, que hacía tiempo que vivía en las 5:45, que el tiempo se había detenido, y que seguro que ya no llegaba al trabajo.

Y en ese preciso instante Lucas empezaba a escuchar el segundo tiempo del concierto de Mozart, mientras Lucien le ponía notas, Andrés le miraba sonriendo por primera vez en tanto tiempo, recostado en la pared del metro sin pensar más que en la orquesta que solamente sonaba para Lucien y Andrés (y para Lucas en su casa, claro), y Chloé empezaba a correr entre Lucien y Andrés hacia esa copa a medias, y hacia esos 5 minutos que le había pedido su amigo, y que podían durar todo lo que quisiese ya que su reloj…

Esos momentos existen, pensaba Lucas, esas casualidades que le llenan a uno los ojos de lágrimas si al final te das cuenta de que tantas cosas han tenido que pasar para hacer coincidir en esa parada de metro a esas 4 personas en el mismo segundo.

Y luego Lucas empezó a sonreír, y las arrugas de la sonrisa se le llenaban de lágrimas que le seguían cayendo sin querer, al pensar que tú y él también coincidiste en un mismo segundo en un mismo lugar, tan caprichosamente como estas 4 vidas, tan difícilmente creíble como difícil de creer es que Andrés, Lucien, Chloé y Lucas. Pero en cambio tan real como esa sonrisa que no paraba, y esas lagrimas que tampoco querían parar. Era demasiado difícil de imaginar todo como para creer en casuaidades, en azares. Le gustaba más creer que Mozart y el tiempo que no corre, o tal vez Chinoy o tal vez tú y él y un segundo, y eso bastaba.



Imatge: Miquel Barceló, Dogon I



domingo, 14 de marzo de 2010

Lucas, sus manos


Lucas se quedó mirando sus manos. Tampoco tenían nada del otro mundo. Lucas siempre se había preguntado, por otra parte, a qué mundo se refería con eso de otro mundo. Se miraba las manos iluminadas por una luz tenue, una luz que no las desnudaba frene a sus ojos. Simplemente las sugería para que su mirada paseara en ese momento por los juegos de sombras que la pequeña lucecita dibujaba. Lucas dirigía una mirada que pocas veces había lanzado, una mirada que preguntaba a sus dedos sobre tantas cosas. Y unos dedos que se escondían entre sus propias sombras.

Pronto dejó la conversación con sus manos, pronto miraba los dedos sin mirarlos, mientras sentía que tantas cosas habían empezado por esas manos, y esos dedos, y esa piel que dibuja circulitos en las yemas.

Ese día en que decidió alargar la mano, abrir los dedos, y coger por primera vez eso que debía ser ese otro mundo que en realidad era el mundo de ahora, pero que por entonces acababa de conocer. Un niño recién nacido tocando por primera vez el otro mundo. Ese día en el que llevándose a la boca cualquier cosa con una mínima opción de entrar en su boca desdentada, mordió sus dedos, quedando sorprendido de la humedad de una boca caliente en la piel arrugada y sensible de sus dedos. Ese día en el que por primera vez consiguió sentir en sus dedos que dirigía a través de lo que sentía, que apretaba las teclas de un piano y que las controlaba según la presión en sus dedos, que cogía un lápiz (siempre le habían gustado más que los bolígrafos) y que lo llevaba por donde quería y decía lo que los dedos le pedían.

Pero también había eso que no le dejaba ver ahora los dedos, ni tan siquiera un poco iluminados juguetonamente. Y es que recuerda también ese día en el que decidió alargar la mano, abrir los dedos, y tocar por primera vez tu desnudez. Un niño recién nacido tocando por primera vez otro mundo que no era este, pero al que le gustaba desde entonces escapar. Ese día en el que dibujando tu boca, jugando con tus labios, tus dientes con tu lengua mordieron sus dedos, quedando sorprendido por la humedad de una boca caliente y jadeante que no era la suya. Y sobre todo, ese día en el que por primera vez consiguió sentir que dirigía sus dedos a través de lo que sentía, que te apretaba y acariciaba y sentía que te escribía deslizando sus dedos por tus contornos igual de juguetonamente iluminados que veía ahora sus manos. La única diferencia es que antes los llevaba por donde quería y decían lo que los dedos pedían. Ahora los llevaba por donde tu piel les pedía, y decían una y otra vez eso que tan tonto sería intentar explicar.

Lucas salió al fin de su ensimismamiento. Pensó que al fin y al cabo uno no se queda mirando sus manos así porque sí. Algo del otro mundo debían de tener. Tal vez te tenían a ti, y eso era el otro mundo que tantas veces le había intrigado. Apagó la luz, se metió de nuevo en la cama, y sus dedos volvieron a tus labios.

sábado, 13 de marzo de 2010

Lucas, sus hasta luego


Lucas siempre empezaba por él. Esta vez también lo hizo, pero decidió que después de lo que había estado viviendo estos días esto debía cambiar.

Volvió a empezar y esta vez fuisteis vosotros los primeros. Suelen decir que en la ausencia es cuando realmente uno se da cuenta de lo importante que son ciertas personas en la vida de alguien. Lucas no podía terminar de estar de acuerdo con eso. En la ausencia, las presencias se meten en su vida para no dejarla quieta y no le dejan mirar demasiado atrás. Afortunadamente Lucas vivía de las presencias, y no de las ausencias ni de recuerdos. Había sido capaz de vivir de lo que tenía, de lo que deseaba, e incluso de lo que soñaba con tener algún día, pero no de lo que tuvo, o lo que estaba teniendo hasta el momento de las ausencias. Esto fue muy importante.

Lucas nunca se conformó con poco, el derecho a la pataleta le parecía un derecho fundamental, y siempre le gustó pedirse lo imposible. Por eso nunca se conformó con él, y os quiso a todos para poder disfrutar de sus cosas, que también eran vuestras cosas, porque le gustaba compartirlas. Por eso, nunca supo decir un hasta luego sin sentirse mal. No por la ausencia, sino por la presencia. No le angustiaba no veros, le angustiaba dejar de veros. Parece lo mismo, pero para Lucas no lo era. El momento de renunciar era el que podía con él. Renunciar a una presencia le era imposible, en cambio asumir una ausencia estaba hecho. Por eso no estaba de acuerdo del todo con que uno se da cuenta de lo que aprecia una persona en su ausencia.

Lucas se dio cuenta el día que estaba sentado en unos sillones azules de aeropuerto, entre padre madre y hermana, y mientras revisaban horas y billetes, prometían acuses de llegadas sanos y salvo, deseaban suerte y felicidad (además de salud, como no…padres), sentía ya esa distancia de turbina de avión, y tenía que aceptar que se iban a subir, y que les iba a perder de vista por un arco de seguridad y cantidad de cabezas que no conocía, aunque hay que decir también que la cabeza del padre era difícil de ocultar, demasiado arriba apuntaba. No veía el momento de dejar de mirar, no veía lógico no ponerse de puntillas para arañas unos segundos más de vosotros, y cuando sus ojos no veían sintió que quería cerrarlos, y no creerlos. Al fin dio la vuelta, y tuvo que volver triste hasta la presencia.

Llegó en 20 minutos, nada grave, con una barba de mayorón y una sonrisa de esas que salen sin querer, Lucas sonrió con una risa de esas que le hacen sentirse tonto pero que incluso le gusta sentirte tonto. Él y Lucas tenían mucho que contarse, mucho que disfrutar, y mucho que añadir al baúl de los momentos rememorables. Nada de recuerdos, rememoraciones. Le encantaba ver cómo tirabas al metro como si supiese dónde ibas, aunque en realidad no tenias ni idea, y las veces que os equivocasteis, os pasasteis etc., por estar en otras cosas que nada tenían que ver con el metro y sus paradas. Hay veces que no hay por qué decir más, simplemente que por algo toda distancia entre ellos, entre su forma de ser, entre sus opiniones, entre sus vidas, nada puede hacer para vencer sus ganas de compartir y su…no voy a decir la palabra, porque se queda tonta. Luego vino el mismo aeropuerto, el mismo arco y las ganas de no dejar de mirar. No hubo más remedio, y tu dedo alzado como un césar en el circo perdonando la vida al gladiador puso punto final a tu presencia. La tristeza volvió, pero duró hasta llegar de nuevo a Saint-Michael.

Ahí estabais vosotros. Fuiste como una revelación para todo esto que le venía ahora a la cabeza a Lucas. Vuestra ausencia la verdad que no la notó demasiado, ya sabéis que esto cubría a Lucas. Pero con ese crêpe, y vuestras tonterías, bueno, las de los 3, le llenasteis la cara de sonrisas a Lucas. Y no sólo el crêpe, sino el sentirse tan bien haciendo cualquier cosa, un partido de futbol, cocinando, recibiendo un puro por hervir la pasta como no toca, Versailles, el cerdo, y sobre todo vosotros, fue tan difícil luego irse de Porte Maillot. De volver a casa y recoger el colxón, dejar el De bleu, el Txiki, y la felicidad que contagiáis.

Y tú, que haces que las 11 sea la hora ideal para esperar si sabes que al final va a llegar. Y los ojos de memoria. Al final un autobús le tuvo que raptar.


A Lucas no le duele que ahora no estéis, le dolió dejar de veros y cortar la última sonrisa o el último abrazo, la última mirada. Pero también hay que decir que si ahora a Lucas no le duele que no estéis, es porque sabe que volveréis a estar, que padre madre y hermana (también hermano que se descolgó por esta vez) le volverán a dar un abrazo de padre madre y hermana (también el hermano, aunque es más difícil de abrazar, y yo no él, sino por Lucas); que el de la barba le quedan muchos cafés de tarde con Lucas, y que ya puede llover, para algo no os gustan los paraguas, y la cosa no va a cambiar; que vosotros tenéis una de las relaciones más sanas y contagiosamente felices que Lucas conoce, y que cuando vuelva sabe que no se va a escapar, caerá malo de felicidad con vosotros cerca; y tú, tenéis demasiadas no promesas como para no saber esperar.

Lucas os sabe apreciar bastante más en vuestra presencia que en vuestra ausencia, y por eso, esta vez empieza y termina por vosotros. Cuando estáis lo nota, y no sabe renunciar, por eso esta pataleta.

jueves, 11 de marzo de 2010

Lucas, sus altos años



Lucas sabía que esto tarde o temprano debía llegar. El momento de dejar de bailar con las preguntas para llevárselas a la cama. A los 22 años Lucas había comprendido que en la cama lo único que no se quieren son respuestas. Solo esa sensación de estar fuera de toda explicación, de no querer saber el por qué de nada porque está tan claro que hay un porqué que os cubre como la noche estrellada que se ve ahora desde Paris que sería tan absurdo como querer contar las estrellas.

Sabía que iba a llegar el momento, que después de 22 años abriría una caja sin cerradura visible, ni llave en el llavero, y que podría decir eso sin hablar con metáforas, porque existe de verdad.

Sabía que algún día le llegaría una felicitación que leería justo por la Rue Monge, cerca de un número 19, una felicitación que le endulzaría el día, y tal vez la noche también, y tal vez tantos días y tantas noches, y tantos paseos por la Rue Monge. Y otra felicitación que le dejó un día clavado en la mente, y otra más que le llegó por duplicado, para que no pudiese negar que eso era verdad.

Lucas había vivido ya algunos años. Todavía le quedaba bastante para llegar a los altos años, pero no podía negar que hacía camino. Tenía muchas historias que contar todavía al lado de la ventana, mucha música que susurrar, y muchas cosas que recordar y rememorar, pero en ese día una pregunta más, de las que no quieren repuestas le vino para celebrar este día.

¿Realmente saben que me felicitan por llevarme las preguntas a la cama?

domingo, 7 de marzo de 2010

Lucas, sus sacudidas



Pocas cosas tenía Lucas en la cabeza a la hora de contar. Se trataba justamente de lo contrario, de no tener en la cabeza más que un puñado de palabras listas para ser ordenadas a la hora de contar, de ser simplemente como un sismógrafo que registraba en los dedos los movimientos interiores, las sensaciones y pensamientos, y detectar el epicentro de la búsqueda de palabras en su cabeza con la mayor fidelidad posible.

El resultado eran estas líneas que tantas veces había releído. El caso es que nunca escribió ni tuvo un manual para leer y comprender el resultado de sus sacudidas interiores, nunca supo cómo interpretar o interpretarse lo que le salía. Eso es la única cosa que tenía en la cabeza a la hora de contar. Nunca se volvería a escribir una historia como si fuese la única, escribió John Berger, a lo que Andrés Calamaro añadió que la historia se escribía en hojas desordenadas. En este punto Lucas detectó dos epicentros, uno en los oídos, y otro un poco por arriba de la barbilla. Nunca leería lo mismo en sus mismas palabras, nunca le saldría el “rollo chino” de narrador que en cada momento tenía que fijar con cola y secador un significado. Sus sacudidas interiores dejaban un caos de palabras, y ese caos no sería más que lo que quisiese ver en una hoja en blanco.

Después de tanto tiempo preguntándose qué escribir para dejar que las sacudidas interiores dejaran su testimonio, Lucas decidió que solo su sonrisa le valdría, que simplemente Lucas, en su cama, delante de un ordenador, el miércoles que pasó o que vendrá, y la sonrisa que le salía en ese instante. No necesitaba más, ni explicar su sonrisa, ni qué miércoles, ni cuál de sus camas, ni en qué día ni a qué hora. Aunque cierto que mañana era lunes, y que todavía más sonrisa.

Todavía se sentía sacudido, pero cuantas veces tembló al pensar en todo esto, y le gustó. Solo la sonrisa, nada más.

martes, 16 de febrero de 2010

Lucas, sus promesas



París, otra vez ella. Lucas llevaba un tiempo acariciando la ciudad, pero esta vez se le quedaba pegada en las manos. Los mismos lugares, las mismas luces, incluso el mismo frío, pero esta vez todo eso se marchaba a la cama por las noches con él.

Todo parecía lo mismo, pero todo era distinto. Empezaba a salir el sol. París, por fin ella.

“Tendemos a pensar que los secretos son pequeños, ¿no? Como joyas, o como piedras afiladas o navajas que se pueden esconder y guardar en secreto de lo pequeños que son. Pero también hay secretos inmensos, y es precisamente por su inmensidad por lo que permanecen ocultos, menos para quienes han intentado abrazarlos. Esos secretos son promesas”

De A para X, John Berger